Revista Red Escolar

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Caja de sorpresas

Tertulia espectral

Una vez le preguntaron a una señora si creía en los fantasmas, ella contestó que no, pero que le daban miedo. Hay muchas ocasiones en que es así como funcionamos. Saber (creer) que los fantasmas no existen (y esto no está probado del todo) realmente no obstaculiza el que disfrutemos de la sensación de inquietud que nos provoca un relato de aparecidos. Muchas veces, cuando vamos al cine, sabemos que lo que estamos viendo no es real, pero no por ello dejamos de asustarnos o de creer, por un momento que en verdad existe. Esto es muy parecido a lo que hacemos cuando nos reunimos con algunos amigos y empezamos a contar historias de aparecidos. Todos sabemos alguna; muchos, de hecho, han oído a personas que piensan que han visto fantasmas. Todos estos relatos son emocionantes, más aun cuando quien interviene directamente es el demonio mismo, el escalofrío no se hace esperar. Es por ello que una tertulia como la nuestra, creada al calor de fogatas imaginarias y compañeros virtuales siempre es entretenida.

En esta ocasión, nuestra amiga Cristina, de Durango, nos mandó esta historia que ahora comparto con ustedes.

Yo no sé si sea cierto, pero así como me lo contaron a mí, se los cuento yo a ustedes. Resulta que en la ciudad de Durango, hace muchos años (alrededor de 1738), vivía un señor que se llamaba Juan Pérez de Toledo y Mendoza, y que así como tenía de largo el nombre, así de largas y grandes eran sus malas acciones. Este señor tenía mucho dinero, pero se lo gastó todo en fiestas y borracheras, de forma que un día se encontró con que ya no le quedaba ni un solo real (que eran como los pesos de ahora). Entonces, como él quería seguir siendo rico, se le ocurrió hacer un pacto con el diablo; y una noche, a las doce en punto (que es la hora a la que se hacen los pactos diabólicos), salió a las afueras de la ciudad, a un lugar donde se cruzaban dos caminos, o sea donde hacían una como cruz. Allí dijo un conjuro mágico, dijo tres veces el nombre del diablo, y ¡zaz!, que se aparece todo pálido, flaco y apestoso. Entonces, don Juan Pérez de Toledo le ofreció su alma a cambio de muchas riquezas, y el diablo aceptó. Así que volvió a ser rico y poderoso.

Pasó el tiempo, y don Juan se hizo viejito, viejito, y ya no podía seguir con sus fiestas ni con sus borracheras. Además, cuando andaba con sus copas, se le aparecía otra vez el diablo y le recordaba que ya mero se lo iba a llevar para siempre al infierno... y ³para siempre² es mucho tiempo... Entonces le empezó a entrar el miedo, y, claro, se arrepintió del pacto.

Para tratar de romper su lazo con el diablo, entró un día a la Catedral, que está en la plaza principal, en el mero centro de Durango, y se metió a un confesionario para pedirle a un sacerdote que lo oyera en confesión. Él creía que si se confesaba, Dios lo iba a perdonar y ya no se iría al infierno. Pero, según me contaron, cuando estaba a punto de empezar con su confesión, que se levanta el confesionario (que es un mueble enorme, de pura madera labrada) con todo y sacerdote adentro, y que se voltea. Es decir, que don Juan quedó atrás, a espaldas del mueble. Y eso no fue todo, cuando sacaron al padre del confesionario (porque de miedo no se podía ni salir él solo), vieron que don Juan Pérez de Toledo y Mendoza estaba todo achicharrado, como si le hubiera caído un rayo, y apestando a azufre.

Por eso dicen que a ese mueble lo movió el diablo, para que Dios no pudiera perdonar al señor este. Y por mucho tiempo lo tuvieron arrumbado al fondo de la iglesia, hasta hace pocos años, cuando lo bendijeron y lo consagraron otra vez, y ahora está en uso de nuevo ahí en la Catedral.

Así fue como me lo contaron...

Finalmente, para completar nuestra tertulia (porque en una tertulia debe haber más de una voz), les cuento este otro relato sobre los muertos que regresan:

Todos tenemos destinado un día para nuestra muerte. Nadie se marcha de este mundo si aún le queda tiempo del marcado por el Creador.

Es por eso que algunos que emprenden el viaje cuando aún no les toca, vuelven para vivir otro tiempito. Esta es la historia del abuelo Cheto, que estuvo del otro lado y volvió.

El abuelo Cheto estaba muy enfermo, todos decían que se iba a morir. Muchas personas lo visitaban y lo consolaban, algunas le llevaban cirios, para que se los entregara a gente que él había conocido en vida y

que ya había muerto. Los parientes de esos muertos les mandaban las ceras para que tuvieran un poco de luz en aquel lugar. También había quien le encargaba que le diera recados a sus parientes que se les habían adelantado en el viaje.

El abuelo, por su parte, ya había hecho su itacate. Llevaba una jícara, un pañuelo, palma bendita y unos huaraches nuevos, también unos centavitos, por lo que se pudiera ofrecer.

El día que iba a morir lo bañaron y perfumaron, lo vistieron con su mejor ropa y después le pidieron su bendición. Desfilaron sus hijos y sus nietos, casi nadie podía dejar de llorar cuando recibía su bendición. Él también lloró, sacó su paliacate rojo y se enjugó las lágrimas. En la casa se encendió incienso y se cubrió todo con paños negros. Al atardecer, el abuelo pidió que lo dejaran solo, pero que dejaran las puertas abiertas.

La familia hizo todo lo que él les mandó. Llorando siguieron sus indicaciones. Poco antes de la medianoche, le pidieron a uno de los hermanos del abuelo, al tío Ignacio, que se asomara para ver si seguía vivo. El tío Ignacio se acercó con cautela al lecho y vio que el abuelo roncaba y sudaba, estaba vivo.

Cuando Ignacio se acercó, el abuelo se despertó. A tientas tocó a su hermano y le dijo:

-¿Quién eres?

-Tu hermano Nacho.

-¿Nacho? ¿Tú también estás muerto? No te oigo bien por el ruido del agua. Y la balsa se mueve mucho, ¿a dónde vamos?

Nacho se asustó y sacudió a su hermano.

­ Cheto, Cheto, ¿qué tienes? Ni yo ni tú estamos muertos, estás en tu casa, en tu cama.

El abuelo Cheto abrió los ojos. Miró a su hermano y, poco a poco dijo:

-Deveras, eres Ignacio, y ésta es mi cama. No conocí. Es que no entendía qué pasaba, ni las cosas que sucedían, ni los lugares que veía. Dame agua, me muero de sed.

Ignacio salió por el agua y toda la familia lo rodeó preguntándole por el abuelo, si aún vivía. Ignacio le dijo que sí, que esperaran un poco. Volvió con una jícara llena de agua para el abuelo y se sentó a los pies de su cama.

-Bebe, Cheto, toma lo más que puedas.

El abuelo apenas pudo tragar unos sorbos.

­Ignacio ­le dijo-, estaba acostado aquí, sin dormirme, con los ojos bien abiertos y en eso empecé a escuchar cosas. Alcancé a oír el galope de un animal que entró a la casa. Mira, ahí están las huellas. Era un caballo blanquísimo, alto, muy alto, y fuerte. Se acostó aquí, a mi lado y esperó a que me montara en él. Me llevó a galope, aunque intenté gritarles a ustedes no pude. Mientras iba sobre el caballo recordé toda mi vida, todo lo que he hecho en este mundo. Desde que era un niñito, mi casamiento con Marcelina, mis hijos, mis nietos. Y recordé a los que ya habían muerto. El caballo llegó a la orilla de un río de agua limpísima y arena muy fina. Había jardines que alcanzaba a ver. ¡Qué bonito era todo! Deveras.

-Bajé del caballo y éste se desapareció, no pude ver para dónde se había ido. Pero ya no pude pensar en él, porque salió un perro negro y grande que me ladró y trató de morderme una pierna. Quise correr, pero sentía los huaraches pegados a la tierra. El perrazo se me aventó y entonces salió una mujer y llamó al animal. Deveras, Ignacio, salió de una flor y parecía una virgen. Me preguntó mi nombre: Aniceto Ayala, y me pidió que esperara. Buscó en varios papeles que tenía, rebuscó y revolvió todo, al final movió la cabeza. Entonces me llamó y me dijo que tenía que regresar, porque aún no era el día de mi muerte. Se acercó a mi oído y me susurró que aún me faltaban tres años. Me llevó a una balsa, me ayudó a subirme y sentí cómo la corriente me arrastraba.

-No supe más, hasta que tú llegaste a mi lado y me tocaste. Creí que tú también estabas muerto. El abuelo se durmió de nuevo.

Ignacio salió y le contó a todos lo que el abuelo le había dicho, les rogó que fueran buenos con su hermano los años que le quedaban de vida.

El abuelo Cheto despertó por la mañana. No recordaba nada de lo que le había contado a Ignacio. Nunca lo hizo. Sanó y vivió tranquilamente durante tres años. Un día, a pleno sol, veía jugar a su nieto más pequeño y se quedó dormido. Esta vez, no volvió a despertar.

Por esta ocasión me despido. De nuevo les recuerdo que estoy esperando sus historias. Pregúntenle a sus papás, o a su abuelita, a sus vecinos, relatos como estos hay en todas partes. Compártanlos con nosotros y formen parte de nuestra tertulia de los cuentos de fantasmas de La caja de sorpresas.

Ana M. Morales
Red Escolar

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