
Ver otros números
Regresar al Índice
|
Adolfo Bioy Casares dijo que las historias de miedo son tan viejas
como el hombre.
Esto es cierto. Todos sabemos que una tarde de lluvia es un momento inolvidable si la pasamos contando cuentos de aparecidos, más aún si no hay luz eléctrica y afuera el viento hace ruidos extraños. Las dudas, sensaciones, estremecimientos y temores no se dejan esperar. Tras un par de cuentos narrados con poca luz y el tono de voz apropiado somos capaces de creer que en cualquier momento aparecerá uno de esos seres espectrales y nos pondrá "la piel de gallina". Es más, algunas veces no es necesario que la atmósfera sea tan propicia, basta con que alguien haga alusión a un suceso fantasmal para que se baje el tono y las historias aparezcan. En esta ocasión queremos invitarlos a formar parte de nuestro Club de Contadores de Historias de Miedo, haciendo de cuenta que, sin importar el lugar en el que estemos de verdad, asistimos a una tertulia en la que llueve afuera, hay poca luz y, a pesar de lo que puedan decir los demás, los fantasmas existen. Por ser la primera vez, nos toca empezar: En México, una de las más conocidas historias de fantasmas es la de "La Llorona". Se puede escuchar de muchas formas y en todo lugar; a mí --que vivía cerca de lo que antiguamente había sido una barranca atravesada por un río-- me la contaron así: Una noche volvía Lalo a su casa. Eran más de las doce y había estado despilfarrando el dinero de su paga jugando con sus amigos y amigas e invitándoles copas. Lalo, a pesar de que en general era buen padre y esposo, el día de paga se olvidaba de que su esposa e hijos lo esperaban en su casa y prefería irse con sus cuates que regresar de inmediato a su hogar. En esa ocasión, sin embargo, se había excedido: por fanfarronear, regresaba bebido y había perdido gran parte de su paga jugando a los dados y pagando las bebidas de varias mujeres. Incluso había negado, al oído de una de sus amigas, que su familia le importara. Ahora, varias horas más tarde, se apresuraba, y no por llegar a casa, sino porque la noche estaba fría y húmeda y el camino, que apenas se veía en la oscuridad, estaba resbaloso. Dejaba que su caballo, más ducho que él en tal estado, se encargara de librar los pequeños y familiares obstáculos que la oscuridad cambiaba de lugar. Iba tarareando y recordando cuando tuvo una idea que se le antojó feliz: no volver a su casa, lanzarse a la aventura, a conquistar una mujer hermosa y vivir de nuevo la vida. Apenas había esbozado en su mente esa idea cuando creyó oír un ruido que no pudo identificar. Su caballo pifió y se detuvo. Él volvió la cabeza y escudriñó la oscuridad, pero no pudo distinguir nada. Cuando volvió la vista al frente vio, con gran sorpresa y un ligero estremecimiento, que apenas a unos metros de él, justo donde el río hacía un pequeño recodo, estaba una mujer parada al lado de un árbol. A pesar de la poca luz, la mujer era claramente visible; ayudaba el hecho de que su vestido blanco que se amoldaba a su figura y permitía adivinar que era hermosa y tenía un largo pelo negro que caía a sus espaldas y se movía al ritmo de un viento que, hasta ese momento, Lalo no había notado. Animado por la bebida y por los pensamientos que acababa de confesarse, Lalo desatendió su primer sentimiento de desconfianza y se acercó a la mujer, a pesar de la evidente negativa de su caballo por avanzar. La mujer no volvió la cabeza cuando Lalo le habló. Se mantuvo quieta y no dijo nada, sólo asintió con la cabeza cuando Lalo la saludó. Parecía triste y que lloraba. Lalo se ofreció para consolarla. Ya cerca de ella, Lalo creyó descubrir una piel blanca y un olor seductoramente extraño. Doblemente embriagado empezó a cortejarla y a ofrecerle su compañía. Le habló de llevarla lejos y enseñarle el mundo, la mujer sólo parecía asentir con leves movimientos de cabeza, en medio de los cuales Lalo entreveía una frente lisa y perfecta y en una ocasión juró que alcanzó a distinguir una boca roja y carnosa. Por fin, Lalo la invitó a subir a su caballo y a acompañarlo. La mujer no dijo nada, sólo le tendió una mano tan blanca, tersa y fría como el mármol. Él la subió en ancas y le sorprendió lo poco que pesaba y lo nervioso que se comportaba el animal. |
![]() Lalo hizo dar vuelta a su caballo y empezaron a internarse en la barranca. Él comenzó a decirle que era hermosa, tan hermosa como nunca había visto a nadie. Ella habló por primera vez. "¿Tienes mujer?", "¿tienes hijos?" Lalo negó con la cabeza y dijo algo así como "No tengo a nadie que me importe, como no seas tú". Justo en ese momento, el caballo empezó a sudar y se negó a seguir caminando. El movimiento del animal y lo escabroso del camino hicieron que la mujer se sujetara con más fuerza de la cintura de Lalo. Éste lo interpretó como una invitación y volteó para ver la cara de la mujer y, de ser posible, besarla. A partir de ese momento ya no supo muy bien que pasó, jamás logró contarlo por entero. El caballo regresó sólo a casa. La mujer de Lalo, temiendo que hubiera tenido un accidente, pidió ayuda para buscarlo en la barranca. Cuando por fin lo encontraron, temblaba acurrucado en las raíces de un árbol; su cabello estaba canoso. Estaba casi muerto de frío, pero sobre todo de miedo. Lo único que repetía incoherentemente era que una mujer le había dicho que los hombres irresponsables eran lo peor que había, que nunca se abandona un hijo, que ella lo había hecho y que ahora sólo podía llorar por ellos. Que ella ("¡Ay, mis hijos!, ¡Ay mis pobrecitos hijos!"), debía buscarlos hasta volver hallarlos. Lo otro que lograba decir era que quería olvidar a qué olían los cadáveres. Un día le contó en voz baja a un amigo, que cuando quiso besar a la mujer apenas tuvo tiempo de percibir el olor dulzón y nauseabundo de la carroña antes de gritar, aunque sabe que su grito se ahogó ante la fuerza de otro lamento más potente. Creo que Lalo nunca volvió a llegar tarde a casa, pero en realidad vivió tan poco tiempo después del susto que esto no es muy importante. Así me lo contó mi abuela, dijo que le pasó a un vecino suyo. Así nos despedimos en esta ocasión, pero les paso la estafeta: seguro que tú te sabes algunas historias como éstas, o tal vez tu papá o tu abuela, o algún vecino; a lo mejor, incluso has inventado alguna. ¿Porque no nos cuentas una de ellas? Mándanosla (puedes encontrar la dirección a donde enviarla en las primeras hojas de la Revista) y ven a formar parte de nuestra tertulia de los cuentos de fantasmas de La caja de sorpresas.
Ana M. Morales |
|
|
Principio de la página |