Revista Red Escolar

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La caja de sorpresas

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El taller de redacción Conjuros, a cargo del editor y escritor Felipe Garrido, llegó a su etapa número ocho en la semana del 22 al 26 de enero. El tema, relatos y cuentos de vampiros, suscitó un gran entusiasmo entre los participantes, quienes hicieron llegar al buzón electrónico todo tipo de historias: verdadero acuse de imaginación y creatividad con una gran riqueza de elementos. Quienes estamos cerca del taller fuimos testigos de la variedad en la estructura como del desarrollo de los relatos.

En este sentido queremos dedicar este espacio a la Escuela Secundaria Técnica núm. 67 de Durango, Durango, pues su participación fue notable tanto en la cantidad como en la calidad de sus textos, mismos que ya fueron corregidos en el programa de televisión correspondiente. Les presentamos una selección.

Veamos el cuento de Manuel Alonso:

Todo comenzó una noche a las doce en punto. Mi hermano no podía dormir y se la pasaba tomando jugo de jitomate recién preparado. Pero en el día no podía mantenerse de pie, porque el sueño lo vencía. Si lo despertábamos, sus ojos estaban tan rojos que parecían de sangre.

Un día se enojó tanto que mi mamá le vió un par de colmillos con pequeños orificios en las puntas. En la noche ya no era el mismo; había tomado un color pálido y la nariz se le había sumido, como la de un murciélago; sus manos se habían convertido en garras. Parecía un monstruo, por el carácter y por sus ojos. Pero mi papá lo llevó a un psicólogo. No lo podía creer. Lo llevamos a un manicomio, con dolor y tristeza en los corazones de mis padres. No fue buena idea. Él se enfureció y trató de matar a los guardias. Se escapó, nos buscó y, cuando nos encontró, un especialista le aplicó un suero que lo mantuvo tres años como humano.

Esto es lo que escribió Diana Érika Rodríguez Rodríguez:

Hace tiempo hicimos un viaje a Guanajuato para visitar a unos primos muy queridos. Antes de dormir nos contaron historias de vampiros. Me pareció extrano que nunca antes lo hubieran hecho.

Al día siguiente salí a jugar al jardín. Luego entré a la casa a buscar a mis primos. No había nadie en la recámara y no resistí las ganas de ver el cajón del buró. Lo abrí y encontré una piedra que tenía un brillo extraordinario. La piedra era negra, pero tenía en el centro una gota de sangre. Cuando la iba a tocar, entró uno de mis primos. Muy enojado, me gritó que saliera. Rápidamente me dirigí a la cocina, donde mi tía estaba sacando del refrigerador muchas bolsas con sangre. Sin que me viera, la estuve espiando, hasta que vi algo increíble: estaba bebiendo la sangre.

No pude soportarlo; de inmediato salí corriendo. Llegué a mi recámara y me quedé dormida, hasta las once y media. Cuando desperté, creó que todos estaban dormidos. Bajé las escaleras; mis primos se dieron cuenta de mi presencia e intentaron atraparme. Entonces subí a su habitación, tomé la piedra y la rompí. De inmediato se deshizo el hechizo y todos volvieron a la normalidad.

Y para los amantes del cine, una historia de Liz Oliva Lizzet Quinones Díaz:

En vacaciones de verano, fuimos a la casa de un tío. Para festejar la llegada, mi prima y yo acudimos a una disco. Cuando entramos, ella saludó a dos amigos que nos invitaron a bailar. Después de un rato, mi acompañante y yo nos fuimos a sentar a la mesa. Mi prima y su amigo no llegaban y los fuimos a buscar.

Los encontramos en la barra. Les pregunté qué bebían y se pusieron nerviosos. Entonces le quité el vaso a mi prima y cuando iba a beber sentí un olor a sangre y arrojé el vaso. De inmediato se levantaron y dijeron que nos fuéramos. Antes de dormirnos, le pregunté a mi prima por qué tomaban sangre y ella respondió que no me metiera.

La mañana siguiente invité a mi prima a correr y me dijo que no le gustaba salir de día. Al caer la tarde fuimos a correr y, qué casualidad, ahí estaban sus amigos. Nos dijeron que en un par de horas nos recogerían para ir al cine.

La película era de terror, de vampiros. Mi prima y sus amigos saludaron a varias personas. Parecía que todos se habían puesto de acuerdo para ir al cine. Por fin comenzó la película. Cuando aparecían los vampiros todos gritaban emocionados. Pasó un señor que vendía bebidas y yo compré una: era sangre fresca. Salí corriendo. Aquello era una reunión de vampiros. Todos eran vampiros, a excepción mía.

Cuando mi prima llegó, me pidió que no le dijera nada a nadie, pues sólo yo y su madre lo sabíamos. Le dije que no había problema; que me iría al día siguiente. Ella me dijo que era una buena decisión, pues el grupo de vampiros se había dado cuenta de que yo no era vampira y me estarían buscando para hacerme uno de ellos.

Ilustraciones: Sergio Ricaño Gutíerrez


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