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"La historia de la humanidad ha sido siempre una carrera entre la educación o la catástrofe".
Señales en el horizonte de la alborada del próximo milenio nos indican cómo es preciso pasar de la importancia tradicional que hemos otorgado a la educación en el turbulento final de siglo, a una visión altamente comprometida con la educación como el único factor de supervivencia para los nuevos escenarios. Con una civilización cada vez más fundamentada en el dominio del conocimiento, la labor de las maestras y maestros, tan románticamente divinizada y satanizada en la cultura contemporánea, pasa a ser instrumental en un escenario nuevo y diferente, de alta exigencia, donde el progreso popular dependerá más que nunca de la habilidad que el magisterio tenga y sea capaz de transmitir. Precisamente el viaje que la humanidad ha recorrido hasta hoy ha logrado integrar altos conceptos de lógica y matemática, de electrónica, de química y física, de microminiaturización en dispositivos portentosos que dan forma a la informática y la telemática. Concebidos como extensores de la mente facultaron al hombre para dar saltos cuánticos en su desarrollo, a intervenir ampliamente en la operación de los sistemas más complejos, tendencia que se identificará en los próximos años. Tardíamente se explora en estos días el efecto de estos instrumentos poderosos en el proceso de aprendizaje. Desde la simple colección y ordenamiento de datos, hasta sofisticadas formas para el desarrollo del pensamiento crítico, la creatividad, la colaboración o la comunicación. Tal vez las niñas y niños, despojados de prejuicios enfrentan la situación con naturalidad, cuando tienen la oportunidad de acercarse a la tecnología. Lo que preocupa, es preguntarse, ¿qué estamos haciendo para proveer al maestro con los conocimientos y las herramientas para enfrentar este reto tan descomunal? ¿Qué está haciendo el docente mismo para no auto-excluirse? |
No tendremos dominio real si no acompañamos al maestro en su campaña libertadora con excepcionales esfuerzos de infraestructura, tecnología y recursos. No tendrá éxito en su misión sin el respeto y remuneración social que hemos evitado otorgarle. Quién más podrá llevar las banderas de la revolución que impedirá el aposentamiento en nuestros pueblos de nuevas esclavitudes basadas en la desigualdad de acceso al conocimiento, de exclusión irremediable de los circuitos económicos, de explotaciones originadas en las ignorancias para generar los recursos inmateriales de la siguiente sociedad. Dominio y confianza. Eso esperamos de la maestra y el maestro al enfrentar la tecnología para el manejo de la información. Su liderazgo es esperanzador para que más de 90 millones de niñas y niños que acceden a la escuela en los países latinoamericanos, tengan una oportunidad en el próximo siglo. En los tiempos de Internet y la cibernética, de la computadora y la televisión, dependeremos más que nunca de quien, sin advertencia, fue quedando solo en el centro de la escena. Mejor nos irá si comprendemos que no sólo los maestros son responsables. Lo somos todos: gobiernos, academia, empresas, comunidad. El pensamiento crítico y la creatividad, la comunicación y la colaboración, la coexistencia con el cambio dinámico, la adaptación para el aprendizaje permanente, son todas habilidades calificadas como críticas para el nuevo milenio y demandan una re-invención de la educación. Si el progreso y el bienestar común para la siguiente generación, resulta más pobre que el ya existente, la generación actual habrá sido irrelevante. Tal vez así entendamos quién es nuestro verdadero líder.
Germán Escorcia |
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