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Ya era viernes y debíamos llegar por lo menos antes de las cuatro de la tarde a la universidad, donde cursábamos el quinto semestre de la licenciatura en Ciencias de la Educación. No era un placer llegar a la escuela con hambre, sudorosos, llenos de polvo y con los cabellos revueltos. Salíamos de la telesecundaria a la una y media, después de lavar junto con los alumnos los baños. Teníamos que traer el agua desde unos pozos que están cerca de un potrero; era necesario caminar sobre un puente de palitos sorteando o más bien guardando el equilibrio, para no precipitarnos en las aguas pestilentes y fangosas de esas tierras bajas y cenagosas de pejelagartero, en la sabana tabasqueña. Éramos dos maestros que aunque todavía estudiábamos en la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, pues nuestros estudios de licenciatura aún estaban en proceso, recién habíamos ingresado al sistema de telesecundaria. Siempre tuvimos una especie de miedo a la tecnología educativa, y el dinero disponible para adquirir los equipos y las herramientas era suficiente apenas para sacar fotocopias y adquirir materiales didácticos básicos, a veces casi inconseguibles y, por otra parte, lo que ganábamos apenas nos alcanzaba para medio comer y medio vestir. Desde la escuela "Carlos A. Carrillo", --donde nos habían asignado la responsabilidad del plantel a mí y, como profesor ayudante, a Ramón Francisco López Pérez, El Keche,-- hasta la ciudad de Villahermosa, capital del estado, mediaban sobre la Carretera 180, casi dos horas de camino, sin incluir los cinco kilómetros a pie que se tenían que andar con los documentos de registro, certificación, las copias de las boletas, el sello de la escuela, una cartulina doblada por la mitad para proteger los documentos del polvo, de la lluvia y del olvido, además del sombrero, la ropa sucia y unos plátanos chamalucos que nos habían regalado unos padres de familia, "para su madrecita, profe". En aquella ocasión, mientras me ocupaba de cerrar las puertas de la escuela, mi compañero me dijo que iba a aprovechar un aventón en un caballo famélico y lleno de garrapatas que iba apenas cargado con dos botes de leche vacíos, en los cuales iban a traer del depósito una buena cantidad de queroseno. Eran casi las dos de la tarde y decidí emprender a pie mi empresa de todos los viernes: el regreso a la ciudad. La tarde era hermosa, llena de una brisa fresca que movía los pinos, los árboles frutales, las hojas altas de los plátanos y las orgullosas espigas de los maizales. En lo que caminaba sobre el poblado contestando los adioses de los lugareños, los encargos de los alumnos y algunas otras picardías de doble sentido de los pocos amigos que había hecho, miré al cielo. Toda la belleza que puede asimilarse y suspirarse de una estoica estampa campirana, estaba ahí, suspendida ante mis ojos como si fuese una toma iconoclasta de Emilio "Indio" Fernández, una fotografía de Yolanda Andrade o Lola Álvarez Bravo. Suspiré fuerte, y llegaron hasta las vértebras de mi espíritu el olor de carne salada, asada a las brazas en algún fogón construido entre los árboles. Imaginé tortillas de maíz nuevo, frijoles refritos, arroz blanco, salsa mexicana con chiles amashitos o habaneros y agua de guayaba, de jobos, de naranja o pozol con cacao. El embeleso y éxtasis de la mesa tendida en mi imaginación, pudo haber sido real, (y lo fue más tarde), cuando el aguacero que no se divisaba en absoluto en el firmamento, se dejó caer sobre los campos y sobre mi cabeza ensombrerada. Todo había ocurrido en minutos, instantes, y mi ánimo de llegar a la librería de la Secretaría de Educación para comprar el libro Emilio o de la educación, de Juan Jacobo Rousseau (que me habían robado por segunda ocasión), se estaba esfumando. empezó la lluvia levantando sobre la carretera una débil humareda entre el polvo que se negaba a entregar sus osamentas, el cacareo de las gallinas y el alboroto de los perros, haciendo más precisas las columnas de humo que subían al cielo en un caos total por las ventoleras que seguían entre las arboledas. Reaccioné rápidamente y casi me lancé como clavadista ante la primera puerta que vi; era una casa típica de campo, con un caidizo en la parte de enfrente. Estaba pintada de azul pastel, con unos tonos verdes en la parte de abajo. Una combinación si no de mal gusto, de pobre o chillante gusto campirano. En el corredor habían excremento de gallinas, de patos y de perros. Una joven muy bonita me dijo que pasara, que entrara para que no se mojaran las cosas de la escuela, "y para que usted no se enferme y falte a clases como los otros profes", me dijo. Me había equivocado de menú. Eran trozos de cecina asados, eso sí, al carbón, carne de Chinameca, morcilla y longaniza. Se me hizo raro que con la estrechez con las que vive una familia del campo, acá en Tabasco, se pudiera comer con esa variedad y cantidad. Me invitaron a comer, que pasara a lo barrido, como dice el lugar común, y no me importó el lugar común sino las tortillas gruesas y la salsa mexicana, donde sólo hacía falta el tomate: contenía cilantro, chile y cebolla con limón y sal. En la mesa estaba don Atilano Barahona, su esposa doña Sara Alcudia y su hija Carolina, linda niña como lindo era su nombre. Entre que me servía más ración de una longaniza de primera, degustaba como un Bordeux las tortillas gruesas y el pozol fresco y con cacao (chorote le llaman), don Atilano me preguntó a boca de jarro si yo en realidad era maestro de esos que estudian la carrera, si sabía qué era la telesecundaria, y si es verdad que se aprende viendo la televisión, por que ver la televisión cualquiera lo hace pero eso de aprender a aprender no a cual quiera se le da. No tragué en seco porque tenía la bebida a la mano, pero supóngase que tragué en seco para dar esa sensación de estupor e inquietud, ante esa carretada de preguntas a las que no estaba acostumbrado a responder, y que tampoco habían pasado por mi mente en virtud de estar inmiscuido en la vorágine de lecturas, de tareas y de reportes de documentación a la supervisión escolar. Le hice señas de que en un momento le contestaba mientras veía a doña Sara atenta a mis gestos y a mis posibles respuestas. Carolina también estaba atenta, con frescura de muchacha con su talento rústico acostumbrado a preguntar lo justo, sin doble sentido y sin otro orden lógico que buscar la significación de su interrogante cotidiana. Terminé mi ración y no me serví más. Doña Sara retiró los platos y sólo dejó más pozol con algunos trozos de dulce de coco. Limpia la mesa, escuchaba aún el desparramarse de la lluvia en los techos de láminas de zinc, agradecía dentro de mí las atenciones por la comida (y también fuera de mí, porque me escuché diciendo lo rica que estaban la carne asada, la morcilla y longaniza, el pozole y la salsa), miraba a algunos animales dentro del caidizo esperando que pasara la lluvia, los pavos remojados, las gallinas mustias y alicaídas, los perros de miradas oferentes al cielo y a los amos. Empecé por decirles que mi nombre completo era Teodosio García Ruiz, servidor de ellos, de Dios y de mi actual esposa (lo de Dios es una fórmula que no nos mete en problemas y sí nos augura buenas amistades); que en verdad estaba casi por ser un maestro de carrera, en la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, y que la docencia y la poesía, constituían en ese momento mi vida. Mire,-- respondí por fin a don Atilano--, la telesecundaria no es más que la secundaria como en cualquier parte del país; imparten las mismas materias, las hay algunas que son básicas como español, matemáticas, ciencias naturales (recuerden que la telesecundaria aún no estaba |
modernizada, ni había
tampoco el nuevo modelo pedagógico), hay otras que son
formativas como historia, civismo, educación física,
etcétera.
Se busca, agregué, que los alumnos continúen su enseñanza básica y que la desarrollen en la secundaria, con la formación integral de los jóvenes en su formación personal, familiar y comunitaria. Les dije con mucho énfasis, me acuerdo todavía, que los profesores de telesecundaria éramos unos profesionales de la educación porque teníamos el reto de abordar todas las materias con entereza, preparar las clases, planearlas con los recursos que estaban a nuestro alcance, y que teníamos a la naturaleza, al medio cultural, como material didáctico para ejemplificar todo el conocimiento humano, porque la escuela y las actividades del hombre estaban en relación estrecha desde que empezamos a pensar, allá por los tiempos en que andábamos vestidos con elegantes trajes de leones y tigres y que encendíamos el fuego con piedras que no sabían fallar. Pero que aparte de eso, tenemos un auxiliar magnífico, novedoso, maravilloso, esplendoroso, importante, ¡único!, ¡¡el mejor del mundo y de toda la farándula educativa!!: la televisión educativa, es decir la telesecundaria. Dije --todavía modulo la voz en el recuerdo--, que los maestros y los alumnos de este sistema tenemos muchas ventajas con relación al funcionamiento de otras escuelas. Los maestros tenemos como auxilio importante el recurso televisivo, el hecho de sensibilizar a los alumnos con una clase televisada antes de trabajar con las Guías de Aprendizaje. Primero un panorama general de la clase por muy difícil que sea, después una especificidad en torno al objetivo que se va a aprender (recuerdo que aún no estaban las sugerencias didácticas), señalé que los maestros éramos en verdad coordinadores del proceso educativo y que teníamos que velar por el cumplimiento de ese proceso y por su evaluación. Lo aprendido no sólo era libresco en el sentido de contestar cuestionarios, redactar resúmenes, identificar palabras claves, resolver problemas de un terreno rectangular que bla, bla, bla, sino que buscábamos establecer una relación de lo que se aprende en la escuela con los problemas de la comunidad, con los problemas de la familia y con los problemas de los adolescentes como su hija. Vi a Carolina y tenía sus ojitos límpidos, negrísimos, atentos a mi explicación. Doña Sara, cuyos ojos también eran negros y frescos, pero su expresión era de ingenuidad, me preguntó cómo lo hacen mis alumnos, si también sabía cosas de mujeres, cosas así como la "regla", porque es un tema que a veces las madres no pueden hablar con sus hijas, porque no saben o porque les da pena; y a los padres con respecto de los hijos, también les sucede lo mismo. Miramos todos a don Atilano (no pasaba el hombre de treinta y dos años, alto, fornido, sin bigotes y con lentes) y éste como que bajó la cabeza, pero respingó inmediatamente y dijo así, con voz estruendosa y seca y seria y casi hierática. --Mire maestro, es que la otra vez la mujer me dijo que Carolina ya era una mujercita hecha y derecha porque ya se le había llegado su mes, y que se sentía muy mal, casi a punto de desmayarse cuando le daba eso; que ahí dejaba los trapos llenos de sangre hedionda y renegrida y que a la niña había que llevarla con el doctor. De pura casualidad prendí la televisión y estaban hablando de esas cosas. Carolina estaba en la sala, Sara molía el maíz para el mediodía y yo estaba llegando del campo; primero apareció una niña como Carolina, después qué es la menstruación, a qué edad ocurre y cómo deben afrontarse las cosas en la familia. Como por arte de magia, los tres estábamos frente a una clase por televisión porque así fue anunciada, y todas las preguntas que nos habíamos hecho antes, fueron respondidas por el programa. Verá usted maestro que me quedé pensando y me dije, bueno, entonces en esa escuela no sólo ven televisión y juegan pelota sino también aprenden cosas de la vida; seguimos viendo otros programas y después me detuve en uno que se llama Educación Tecnológica. Ese también me agarró desprevenido. Yo, la mera verdad, siempre he creído que el pellejo de los puercos sólo sirve para los cueritos curtidos que nos comemos en la matanzas y en los bautizo de los ahijados, y también para el chicharrón. Nunca imaginé que se pudieran hacer bolsas y cinturones con ese chicharrón, perdón con el pellejo de los puercos, y que voy aprendiendo en el mismo día dos cosas importantes; una acerca de las mujeres y otra acerca de lo que hacemos en el trabajo del campo. Como ve usted maestro, continuó, le pregunté para calarlo y ver si en verdad sabe, así como dicen que usted es regañón, porque eso sí me gusta que haya metido a varios vaguitos en cintura, que los haya metido a la Delegación para que le auxilien; si nomás le decía yo a Sarita, si tocan a ese maestro o al otro, se van a tener que meter conmigo también, porque esos como que sí saben y como que sí trabajan. No vaya usted a pensar que nos estamos sincerando (no me dijeron sincerando) solo porque la lluvia lo ha metido acá y le dimos de comer. Cuando salga Carolina de la primaria, la vamos a meter ahí con ustedes. La niña ya empezó de grande a ir a la primaria porque siempre la hemos consentido y porque los maestros de ahí siempre están en juntas y en reuniones con el supervisor. Tenía yo mis fauces babeantes. El relato de esa familia parecía como algo fantástico. Era esto uno de los factores que está esperando no sé para qué, pero pensé para establecer un lazo directo entre la escuela, la televisión y la comunidad. Tomé otro pedazo de dulce de coco. Uno de color verde que coloreaban para las fiestas religiosas con "kulei," y sentí el sabor del pozol como si fuera el vino de La última cena. Me sentía magnífico, orgulloso, importante. Mi vida como docente adquiría sentido no sólo dentro de los muros del aula, sino fuera de ella. Podía decir que entendía algunas cosas que en la universidad no estaban muy claras, como el afecto, la solidaridad, la confianza, la franqueza de la gente de las comunidades rurales. Seguía la lluvia, y no me quedó otro remedio que no necesito envidiar mi compañero maestro porque ya estaría en la ciudad disfrutando de las mieles de la modernidad, de lo que la urbe (Villahermosa es un pueblón grande todavía) nos ofrece. Les propuse a don Atilano y a doña Sara (el don y el doña es la forma en que se hablaba en ese tiempo y en esa comunidad ya que ambos eran jóvenes a pesar de los catorce años de Carolina) que si tenían algún tema de interés o algún problema que resolver, para eso estábamos los maestros, para apoyarlos y asesorarlos en sus gestiones; para trabajar en conjunto. Que las cosas no sabidas pueden encontrar respuesta a través de los programas educativos a los que podríamos observar anticipándolos a las transmisiones a través de las Guías de Estudio; o si no, en la biblioteca, pobre pero eficaz, que teníamos en la escuela. Que todo era cuestión de saber qué queremos, cómo lo queremos y también con qué contamos para obtenerlo. Desde entonces algunas madres de familia se acercaban a la escuela para saber en qué fecha aproximadamente iban a transmitir temas acerca de sus intereses personales: alimentación, enfermedades, la familia, el alcoholismo, los métodos anticonceptivos, etcétera. Hoy que redacto estas notas para compartir esta experiencia con los lectores de Red Escolar, quiero pararme y cantar por las cuatro escuelas telesecundarias que he recorrido desde hace catorce años y decir, cada vez que prendo el televisor, a la mejor manera de Goethe, ¡¡Luz, luz, telesecundaria, que este momento se haga eterno!!
Teodosio García Ruiz |
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